martes, 8 de noviembre de 2011

Depresión vitalista para el fin del mundo

El nombre del astro que va a colisionar con la Tierra en la última película de Lars von Trier describe con acierto el tono de la historia: Melancolía. El director danés explora ese curioso sentimiento que Víctor Hugo definió como "la felicidad de estar triste". En honor a su personalidad, von Trier repudió el filme. Sea como fuere, su nueva obra se adentra en caminos intransitados por el cine de catástrofes.
La historia es un drama trágico intimista que saca a la superficie la vis trasnochada de unos personajes aparentemente inocentes. Este contenido está dentro de un contexto especial: el fin del mundo. El relato comienza con los fastos de la boda de Justine (Kirsten Dunst) y Michael (Alexander Skarsgård). Ella está feliz, aparentemente. Sin embargo, conforme suceden los eventos revela su depresión. Su hermana Claire (Charlotte Gainsbourg) intenta en vano que la celebración sea memorable. Lo va a ser, pero no por los motivos que buscaba. A Justine la embarga una tristeza inconmensurable. Curiosamente su baja autoestima desaparecerá al saber que otro planeta podría impactar con la Tierra. Si bien el prólogo deja claro cómo van a desarrollarse los acontecimientos, avanzada la trama el relato juega al despiste. Ese quiebro narrativo es necesario para entender el comportamiento exacerbado de las figuras “normales” (Claire y su marido). La última media hora agónica culmina en un asombroso y colosal plano final que justifica la ardua espera.
El reparto crea escenas conmovedoras a partir de personajes arquetípicos (como los padres, interpretados por John Hurt y Charlotte Rampling) y diálogos triviales. La palabra no es el motor de esta historia. Hay un par de frases chocantes, pero sus silencios resultan más elocuentes. Transmite emociones mediante miradas o movimientos sutiles. La música no destaca; eso sí, cuando suena apabulla como una ópera. Digna de mención es la fotografía de Manuel Alberto Claro.
El personaje de Justine es el propulsor de la película. No es tanto la Ingrid Bergman de Atormentada (Hitchcock, 1949), sino más bien la encarnación de la rebeldía, locura e insatisfacción. Lars von Trier dice identificarse con el personaje de Kirsten Dunst, quien consigue que la presencia de Justine envuelva el relato.
El director de Dogville mezcla realidad con ficción. El retrato de la boda es plausible (trae reminiscencias de Celebración de Vinterberg, 1998). Además, es cierto que muchas parejas, al casarse, experimentan cierta infelicidad. El año pasado, según datos del INE, se divorciaron en España 816 parejas que no llevaban ni 365 días casadas, de modo que von Trier no se inventa nada. Pero es ficción, porque ningún vídeo de boda penetraría en un dormitorio ni ningunos novios mostrarían recién casados un rostro adusto. Melancolía es una historia que desasosiega en la cotidianeidad y calma en la tragedia. Y, sobre todo, una crítica a las apariencias; constituye una reivindicación de la profundidad como único medio de contemplar la realidad.

domingo, 16 de enero de 2011

La ductilidad de la voluntad

Antes de nada, me parece de justicia disculparme a todos aquellos que creyeron en mi vuelta a este modesto blog. Seguramente la mayoría lo haría a pies juntillas y todos juntos cabrían en un taxi. Pero el caso es que os fallé. La buena noticia para vosotros es mi presencia, espero que más prolongada en el tiempo.

A mí mismo me asombra el momento elegido para volver a decidirme a escribir en voz alta. Ni más ni menos que cuando voy a empezar un periodo de vorágine, dentro de mis coordenadas. Para algunos los exámenes serán una cuestión baladí, un peldaño seguro en una amplia escalera. En cambio, al autor de esta bitácora le falta pericia para llegar con seguridad al rellano.

Hoy, como sabrán mis seguidores de Twitter, me he levantado de una forma para nada pusilánime. Todo lo contrario, tenía buenas vibraciones y ganas, como suele decirse, de comerme el mundo, lo cual no es muy recomendable si estás a dieta, que no es mi caso. Después, en un momento dado, me he preguntado la cuestión germen de este artículo que estás leyendo. El quid de la cuestión ha sido la voluntad. No sé si os pasará pero a mí me va pareciendo, con el tiempo, que los días, en general, dependen no de cómo nos los montamos sino, por así decirlo, de cómo te pillan.

Así pues, la definición de la RAE que más me gusta para voluntad es “Gana o deseo de hacer algo.” Es, por supuesto, la más ambigua. Ni siquiera los académicos han sabido extraer su esencia completa. Será que tiene un punto inefable, aunque todos sepamos a lo que nos referimos al decir que nos falta voluntad. Ojalá estuviera siempre ahí.

Para cuando acabe 2011 me gustaría poder decir que he cultivado la voluntad de mantener el pie este blog. Con no pretender ser pomposo, me he quedado corto. En realidad, sería un gustazo poder proclamar a los cuatro vientos que nuestros gobiernos han tenido la voluntad férrea de terminar tanto con la pobreza como con el cambio climático, entre otras cuestiones. Pero eso ya es otra historia.

domingo, 17 de octubre de 2010

La cara oculta de las redes sociales

En Enero hará tres años de la primera vez que oí hablar de una. Era Tuenti. Fue, cómo no, en clase. Un patito de goma alterado era la comidilla de todas las conversaciones. Y no genéticamente, qué va. Me refiero a una imagen que había experimentado un proceso de morphing, me parece que es el nombre. El caso es que alguien había colgado en Tuenti la foto de ese patito mezclada con los rasgos de un congénere del aula. O eso era lo que se decía, al menos. Hasta el momento, únicamente colgaba mi ropa en las perchas. Pero no fue ese verbo lo que más me turbó, sino la posibilidad de ser el pato, porque patoso ya sé que lo soy. Tampoco quería, para nada, hacerle a nadie pagar el pato sin saber si se trataba realmente de mí. Por todo ello, resolví crearme un perfil en Tuenti más pronto que tarde. Tardé algo menos que con Spotify. Ahí le andará. Lo gracioso es que cuando, tiempo después, un compañero me mandó la invitación para la por entonces exclusiva red social me había olvidado del condenado patito de goma. Así que nunca lo llegué a ver.
Hoy uso asidua o, más bien debería decir diaria y complusivamente, tres redes sociales. A saber: Tuenti, Facebook y Twitter. No quisiera pecar de exacerbado pero mucho me temo que ya no concibo la cotidianeidad sin ellas. Una red social te permite estar muy al tanto de tus amigos. Y no sólo eso. Además, puedes subir fotos para recordar momentos especiales; o si no eres muy agraciado y poco fotogénico (qué curioso, ambos rasgos suelen ir de la mano), siempre puedes narrar tus vivencias de modo retórico. Sus usuarios las usamos, sobre todo, para agregar a gente a quien conoces, da igual lo profundamente. Con lo cual, si te lo tomas en serio, al cabo del tiempo acabarás con los ánimos por las nubes ya que atesorarás cientos de amigos. Por cierto, Facebook, la red que me ocupa y preocupa en este momento, es la única con límite de amistades para los perfiles. Es de 5000. De modo que si lo excedes, deberías crearte una página, puesto que carecen de esos aranceles. Claro que solo para aceptar a tantas personas has tener una cantidad colosal de tiempo libre. Por muy timesaving que parezcan, cualquier página de este tipo te enganchará, si no lo estás ya.
La excusa para dedicar este panegírico o lapidario, según se vea, a las redes sociales es el reciente estreno de The Social Network (lo pongo en inglés por no repetirlo en castellano hasta la saciedad). La película se basa en el libro homónimo de Ben Mezrich sobre los creadores de Facebook. La historia gira en torno a Mark Zuckerberg, un apocado estudiante de Harvard con brillantes ideas informáticas, el epítome de lo que se conoce como un geek. El actor Jesse Eisenberg le da vida en una envidiable interpretación. Andrew Garfield y Justin timberlake son dignos secundarios. El director David Fincher ha logrado esculpir una historia que en otras manos habría quedado en telefilme vespertino para pespuntar una película virtuosísima, gracias a un admirable guión de Aaron Sorkin y una banda sonora ad-hoc de Trent Reznor. Bueno, me estoy pasando con tanta alabanza. Tanto novela como filme tienen una pega. Mientras que el libro es ligera pero descaradamente anti-Zuckerberg, la cinta dramatiza demasiado los conflictos que se suceden, como si de una obra de Shakespeare se tratase. Sea como fuere, son ambas notablemente entretenidas.

Si el futuro es incierto, no son las redes sociales una excepción. Para los jóvenes, son lo más de lo más. Ciertas empresas las utilizan, por ejemplo, para cribas en las entrevistas de trabajo. Es evidente que la publicidad que generan las convierte en un producto apetitoso. Pese a todo, ¿servirán para algo más que subir fotos, poner frivolidades y chatear? Quizá su cometido termine ahí, si bien al mismo tiempo han de ser claras en cuanto a privacidad se refiere. No quiero cargar las tintas a este respecto, más que nada porque a mi Bic se le está yendo. Mientras tanto, si me permitís, voy a seguir disfrutando de las redes sociales.

domingo, 10 de octubre de 2010

Que te compre quien te entienda


Madrid
no es una ciudad especialmente lluviosa. Eso sí, cuando llueve, te mojas. Y, dado que la capital de las Españas acostumbra a estar atestada en sus calles, pues cuando a las nubes les da por regalarnos ese bien de interés no ya cultural sino vital de necesidad, uno se las ve y las desea para encontrar una leve cornisa donde guarecerse. El mejor plan de una tarde de sábado como la de ayer no era dar un distendido paseo por la Gran Vía. A menos que se tengan las agallas de Johnny Weissmüller.
Así las cosas, fui al teatro. Un hábito sanísimo que todo médico de bien hubiera de prescribir. La obra en cuestión era Entiéndeme tú a mí; escrita, dirigida y protagonizada por Eloy Arenas.

Gracias al servicio de Taquilla Último Minuto, me ahorré más de un 30% del precio normal. Si un día quieres ver una obra rebajada, te vendrá fenomenal. Sin embargo, no te fíes del nombre. Conviene estar allí por lo menos una hora antes de la sesión. Después, en las taquillas del teatro te darán tu entrada. Como era mi primera vez en estas lides, me puse en la cola para entrar al teatro sin haber pasado antes por su taquilla, con lo que tuve que salirme, esperar a que la taquillera me atendiera y me pusiera en el sitio que le plugiese. Milagrosamente, me tocó en primera fila.

La obra se representa en el Arenal, una sala nada pingüe al comienzo de la calle Mayor, entre la puerta del Sol y la Plaza Mayor. Por su emplazamiento, es un reclamo para muchos turistas. El texto fue estrenado hace diez años en el Teatro Lara. Desde entonces, se ha representado con éxito en salas de Miami, Venezuela, Chile, Bolivia o Argentina.

Entiéndeme tú a mí es una comedia estructurada en sketches con un mismo hilo argumental, las fricciones entre dos personajes intolerablemente opuestos. Está repleta de sutaciones cachondas, con humor grueso y carcajadas a mandíbula batiente. No en vano, el lema de Arenas al escribirla fue "Sólo quiero haceros cosquillas en el cerebro y oír vuestras risas". El guión llega a cualquiera con ganas de ello. Los dos actores, tanto Eloy como Daniel Ortiz, están en todo momento en su salsa. Un pequeño acompañamiento, en forma de acordeón tocado por David Gordo, da un toque de estilo a una obra escenográficamente parca.















Vamos, que es una obra para pasar el rato. No te va a deslumbrar ni tampoco a aburrir. Lo que más me llamó la atención fue como se solventan las transiciones. Para que os sorprenda a vosotros también, me limito a reseñarlo en vez de explicarlo. Asimismo, al final de la obra los integrantes del espectáculo hacen una charla amenamente interactiva con los espectadores. He de advertiros de que nada más entrar, os impresionará lo pequeña que es la sala. No prejuzguéis, y menos por el tamaño. Por cierto, si sois dueños de un teatro y os interesase representarla, sabed que podeis enteraros de todos los requerimientos técnicos para ello en http://www.entiendemetuami.es/.

Ya veis, una tarde que se barruntaba plomiza acabó en un planazo. Acompañado en todo momento por las risas de Enrique, el ínclito bloggero y amigo personal creador de http://www.masquefotogramas.blogspot.com/ ,espacio que os recomiendo encarecidamente. Además, mi consideración de las obras representadas en mi ciudad ha mejorado porque si en una sala tan cuca me lo pasé tan bien, ¿qué habría pasado en un señor teatro?

martes, 28 de septiembre de 2010

Buscando felicitaciones

Ayer, cuando entré en Internet nada más despertarme, me sobresaltó un cambio en mi página de inicio, esa que visito siempre, quiera o no. Estaba diferente. Con un simple movimiento del ratón supe el motivo de tal cambio. Era el duodécimo cumpleaños de Google. Con un día de retraso, ¡felicidades!

Al momento, me pareció una fecha señalada y, por consiguiente, digna de mención. Y, claro, me puse a buscar información acerca del buscador. Fue entonces cuando me asaltó una duda. Si busco sobre Google en Google, ¿encontraré una mínima crítica? Pues sí, fue fácil comprobar que las había. Solamente hay que empezar a buscar las palabras "Google es una". Seguro que os sorprenden las continuaciones sugeridas por el propio Google.

Los números de Google apabullan. Cada día recibe millones de visitas, y cada segundo cientos de miles de personas buscan desde lo más peregrino hasta lo más elevado. Con más de una década en el mercado a sus espaldas, no parece haber necesitado grandes dosis de publicidad. Su éxito se basa en el márketing viral, más conocido como "boca a oreja". Nunca deja de estar de moda. Es el favorito de la mayoría y de él nos fíamos obviando a sus competidores. El terreno de los buscadores funciona de esa manera. Así como con una bebida, bien te tomas un día una Coca Cola que otro una Fanta; si Google te gusta, nunca mirarás Altavista. La idea tiene un valor tasado en 2004 en 20,7 billones de dólares.

El buscador más importante de la red de redes fue fundado por dos universitarios de Stanford; el ruso con alma de astronauta Sergey Mikhaylovich y el americano Larry Page, en cuyos genes fluía la informática. Este último quería dar con el nombre de la web la idea de su grandeza potencial. Así, eligió el término Gúgol (en inglés googol), un concepto matemático que equivale a un uno seguido de cien ceros. Solo que debido a un error de deletreado se quedó en Google, que resultó mucho más amistoso. No solo en su denominación, sino también su imagen es ciertamente cercana. Sus doodles, esos iconos animados que aparecen en días especiales, hacen las delicias de niños y grandes. A esa idea de simpatía por parte de la compañía contribuyen sus proyectos filantrópicos, los cuales se pueden consultar en google.org. Estos aspectos sin duda han diferenciado a Google y, posiblemente, la hayan colocado donde está.

No todo son virtudes, por supuesto. Google jamás ha abordado un tema tan delicado como la privacidad, y a la vez tan necesario para su credibilidad. Por ahora, nadie nos ha asegurado que nuestras búsquedas serán siempre privadas. En ese sentido, la empresa no ha dado muchas muestras de transparencia. Con todo lo solidaria que quiera ser, la compañía no puede negar el hecho de que da cobertura censurada en connivencia con el gobierno chino en aquel país. Si fuera chino, casi preferiría no gozar del servicio de un buscador a poder usarlo según los dogmas de un régimen decadente. Por último, Google, por muy afable que la veamos, sigue ejerciendo prácticamente un monopolio en su terreno, además de querer fagocitar muchos otros, y sobre todo, expandirse al resto, importándole muy poco los clientes sino más bien llevada por un deseo de controlarlo todo, desde mensajería a redes sociales pasando por blogging. Como bien dice nuestro refranero; quien mucho abarca, poco aprieta.

Google puede y debe ser el mayor buscador de Internet. Y ceñirse a eso, fundamentalmente. Las implicaciones de este proyecto son humanitarias y tienen que ver con la libertad de las personas a un acceso democrático a la información, debido al mundo en el que estamos imbuidos. Por tanto, no debe dejar a un lado su función social por su pujanza ecónomica, mucho más efímera, si bien más atractiva.

lunes, 27 de septiembre de 2010

¡Bienvenidos!

¡Hola a todos! De entrada, perdonad la ausencia. Ha sido más larga de lo que me esperaba. Lo cierto es que no lo planeé. Un buen (o mal) día dejé de colgar artículos y la cosa se prolongó hasta casi cinco meses. No puedo negar que ha habido asuntos que me hubiera gustado tratar. Pero siempre, o los conatos de entradas quedaban nefastos, o no cojía el toro por los cuernos sino que me iba por los cerros de Úbeda. Como ahora mismo. El caso es que os agradezco a los fieles que hayais seguido ahí. Algunos habéis velado por el velo demasiado tiempo.
He decidido no cambiar el estilo del blog porque no recibí queja alguna, y, además, ya estareis acostumbrados. No puedo prometer una frecuencia determinada de publicación. Lo que sí procuraré es escribir sobre temas que os interesen con más asiduidad que hasta ahora, lo cual no será muy complicado, la verdad. Pasaos de vez en cuando y algo habrá. O si no, seguid el blog, así os enterareis los primeros de todo cuanto salga por aquí.

En definitiva, muchas gracias a todos, sobre todo por aguantar este tostón de artículo (es que es el primero en mucho tiempo). Vendría a resumirse en el título. Bueno, le falta una entradilla, lo más importante, que me he reservado para el final: "Seguid leyendo. Comentad lo que os apetezca." ¡Hasta la próxima entrada!

jueves, 22 de abril de 2010

Velar por el velo

En España hay 125.000 alumnos de nuestro sistema educativo que profesan la religión islámica. Cada centro escolar, incluidos los públicos, establece directrices propias con respecto a las normas de todo tipo. Por una lado, es cierto que no ha habido un gran número de casos donde la manifestación externa de creencias religiosas haya supuesto un problema. Sin embargo, cada vez que se produce uno se arma el revuelo del velo.

La última historia ha tenido lugar en Pozuelo de Alarcón. Najwa Malha, de 16 años, no pudo ir a su instituto porque llevaba el velo, lo cual incurría en una incompatibilidad con la normativa del centro. La joven sufrió un depresión, el colegio se mantuvo en sus trece, y ahora tendrá que irse a otro si quiere seguir llevando el velo. Trataré de ser lo más respetuoso posible, pero la verdad es que no me deprimiría si fuera católico y no me dejaran llevar la cruz. Me deprimiría si la gente me discriminara, me deprimiría si mis padre maltratara a mi madre o por muchas otras razones antes que por esa.

En primer lugar, el Corán no establece como obligación llevar el velo, o más técnicamente, la yihab. Hay países islámicos, como Túnez, donde está prohibido. De modo que no es un imperativo religioso. Podría considerarse hasta un adorno en ese sentido. Entonces, ¿por qué los demás no pueden llevar gorra? Por otro lado, a la chica su padre le impidió de pequeña jugar con chicos. Y a ella le dio igual, o sea, tiene una doble sensibilidad muy particular. Llora por no poder llevar un trozo de tela, y en cambio, le es indiferente no poder relacionarse con parte importante de su red social.

Váyamos más al fondo de la cuestión. Europa, y mientras pertanezcamos a la Unión Europa deberíamos fijarnos en ella, propugna el valor de la igualdad de género. Por muy tolerantes que queramos ser, no entra en nuestro cuadro moral la idea la inferioridad de la mujer. Aunque persistan actitudes machistas, no es el modelo. El velo es una expresión de sumisión de la mujer con respecto al hombre. Por consiguiente, no podemos aceptarlo ni debemos permitirlo. Y es que si comenzamos haciendo salvedades para ser los que mejor aceptamos a los demás, acabaremos moldeando nuestro sistema jurídico, y siguiendo con el razonamiento, terminaremos por permitir la poligamia o la ablación del clítoris, únicamente por responder a cuestiones religiosas.

La libertad religiosa es un hecho en nuestro país hoy día. El estado aconfesional debe garantizar que todas las religiones sean iguales, motivo por el cual los crucifijos en las escuelas públicas están fuera de lugar ya que influyen en sus alumnos. Sobre todo, la religión no debe inferir en la sociedad. Las religiones no pueden imponer sus preceptos por encima de los valores democráticos.